Pastoral Palabra y vida

Pablo, el testigo ideal

Pablo, el testigo ideal

Fr. (Dr) Augustine Kanachikuzhy SSP

En la tradición bíblica, la elección de figuras idóneas para cumplir una misión específica por parte de Dios es una constante. Desde Abraham hasta Moisés, desde Josué hasta David, y hasta grandes profetas como Isaías y Jeremías, Dios siempre ha identificado a las personalidades adecuadas para guiar la historia de la salvación. Abraham respondió con una fe inquebrantable, convirtiéndose en el patriarca del pueblo elegido; Moisés, a pesar de sus dudas iniciales, guió a los hebreos fuera de la esclavitud egipcia con fuerza y gracia. Josué recogió su herencia repartiendo la Tierra Prometida, mientras que David, el menor de los hijos de Jesé, se convirtió en el soberano por excelencia por elección divina. El punto culminante de este diseño se dio con el envío de Jesús, que marcó un nuevo comienzo. Siguiendo sus pasos, Pedro emergió como guía de la primera comunidad, y apóstoles como Juan y Santiago se convirtieron en sus pilares teológicos. En esta larga lista de testigos, destaca la figura de Saulo de Tarso: su metamorfosis de feroz perseguidor a apóstol incansable representa, tal vez, el más alto ejemplo de cooperación entre la gracia de Dios y la libertad humana.

La misión de Pablo

¿Cuál era la tarea encomendada a Pablo? Para comprenderlo, es necesario observar el «gran mandato» que el Resucitado deja a los suyos antes de la Ascensión: ir por todo el mundo, bautizar a las gentes en el nombre de la Trinidad y hacer discípulos, con la certeza de su presencia constante (Mt 28,16-20). Nadie interpreta esta misión con el mismo vigor que Pablo. En los albores del cristianismo, el camino de la Iglesia no es en absoluto fácil. Las autoridades judías intentan asfixiar desde su nacimiento al «movimiento de Jesús», llegando incluso a martirizar a Esteban. Precisamente en ese clima de violencia, Saulo —entonces un joven que aprobaba aquella ejecución y un celoso opositor de los cristianos— es conquistado por Cristo. Desde ese momento, es investido con la tarea de llevar el Evangelio «hasta los confines de la tierra» (He 1,8).

Raíces y formación

Nacido en Tarso (en la actual Turquía) entre el año 5 y el 10 d.C., Pablo crece en un ambiente cosmopolita. Aunque los detalles familiares son escasos, el Nuevo Testamento ofrece algunos destellos: un sobrino que lo salva de un complot en Jerusalén (He 23,16) y varios «parientes» mencionados en la Carta a los Romanos como Andrónico, Junia, Herodión, entre otros, un término que probablemente Pablo utiliza para indicar a sus compatriotas judíos. Tarso, una próspera ciudad grecorromana, permite a Pablo absorber tanto la cultura judía como la helenística. Aunque en sus cartas prefiere subrayar su pasado como fariseo observante (Gál 1,13-14), los Hechos de los Apóstoles testimonian su instrucción «a los pies de Gamaliel» uno de los rabinos más ilustres de la época. Esta sólida base rabínica permitirá a Pablo interpretar las Escrituras con una maestría única, adaptándolas a contextos siempre nuevos (1Cor 10,1-4). Paralelamente, Pablo domina la retórica griega, como lo demuestra el uso de la «diatriba» —un diálogo tenso con un interlocutor imaginario (Rom 2,1-6)— y goza de la ciudadanía romana, un estatus jurídico que resulta providencial durante sus juicios, permitiéndole incluso apelar al emperador (He 25,11-12).

El tiempo de la maduración

A pesar de su extraordinaria preparación, el éxito de Pablo no es inmediato. Sus primeros intentos de predicación en Damasco y Jerusalén chocan con la hostilidad y el riesgo de muerte, obligando a los discípulos a enviarlo temporalmente de regreso a Tarso. Su verdadera misión explota solo cuando Antioquía de Siria se convierte en el nuevo epicentro de la difusión cristiana. Este intervalo es muy significativo: entre la fulguración en el camino de Damasco y el comienzo de su primer viaje misionero (46-49 d.C.) transcurren cerca de doce años. Es la prueba de que, incluso para un gigante como Pablo, la llamada de Dios requiere un tiempo de silencio, reflexión y maduración interior. Su historia nos enseña que ninguna misión, por más divina que sea, puede prescindir de una preparación profunda y de la comunión con la Iglesia.

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